Primero transformar, luego innovar: una hoja de ruta para una salud más humana

Para entender las grietas del sistema de salud en América Latina y el Caribe, a veces basta con observar lo cotidiano. Así conocí a Saturnina, una mujer de 68 años, madre soltera y trabajadora informal, que vive en los cerros de San Juan de Lurigancho, en Lima. Convive con la diabetes tipo 2 desde hace siete años, pero hace tiempo que dejó de realizarse controles médicos. “Si no hay medicinas, ¿para qué ir?”, me dijo con resignación. De hecho, la última vez caminó 40 minutos hasta el centro de salud más cercano, pero regresó con las manos vacías.

Su historia no es un caso aislado, sino un reflejo de lo que ocurre a diario en múltiples rincones de América Latina y el Caribe. La región enfrenta sistemas de salud fragmentados, tardíos y, en muchos casos, ausentes. El caso de Saturnina, en Perú, ilustra las barreras estructurales que millones de personas deben sortear: largas distancias, falta de medicamentos, atención inconstante. Esta precariedad adopta distintas formas en cada país, pero el problema de fondo es común y persistente.

Incluso en contextos donde existen seguros privados o acceso a clínicas particulares, los desafíos no desaparecen. Las brechas también están presentes, aunque con otros matices. El acceso oportuno, integral y continuo a la salud sigue siendo una promesa lejana para miles de personas. En muchos sentidos, el derecho a la salud continúa siendo —para muchos— un privilegio pendiente.

Pero el acceso no lo es todo: el diseño mismo de los sistemas sanitarios revela serias deficiencias. Predominan modelos reactivos, fragmentados y profundamente burocráticos, que privilegian la atención curativa por encima de la preventiva, y el tratamiento sobre el cuidado integral.

Ante este escenario, el informe del BID Lab y HolonIQ (2023) propone una hoja de ruta clara: transformar el cuidado desde la raíz. El primer paso es conceptual: dejar de medir el éxito por la cantidad de atenciones y empezar a enfocarnos en los resultados. Es decir, pasar del volumen al valor. En ese modelo, Saturnina no sería una cifra más, sino una persona acompañada, monitoreada y atendida a tiempo.

Para avanzar en esa dirección, también es fundamental anticiparnos. Apostar por un enfoque predictivo —basado en datos, hábitos y tecnología— permitiría intervenir antes de que las enfermedades se agraven. No se trata de ciencia ficción, sino de aplicar la eficiencia a la vida cotidiana. Por eso, la prevención no debe ser solo un eslogan: debe ocupar un lugar central en los sistemas de salud.

De igual forma, es urgente que el sistema se acerque a las personas. ¿Por qué obligar a trasladarse horas si algunos servicios pueden ofrecerse en farmacias, mercados o incluso de forma remota? Para alguien como Saturnina, la distancia es una barrera tan concreta como la falta de medicamentos. Por lo tanto, descentralizar el acceso es ampliar la dignidad.

Sin embargo, ninguna de estas transformaciones será posible sin fortalecer el capital humano en salud. Formar, distribuir y retener profesionales en zonas vulnerables —rurales, periurbanas o amazónicas— no es solo deseable, sino vital. Porque sin quienes cuidan, no hay sistema que funcione.

En este esfuerzo por mejorar el acceso, la tecnología debe convertirse en un puente real. La telemedicina, consolidada durante la pandemia, hoy permite conectar a pacientes con especialistas sin importar dónde vivan. Aplicaciones móviles, sensores y herramientas de monitoreo completan una propuesta de salud conectada, continua y centrada en la prevención.

Claro está, para que estas herramientas funcionen adecuadamente, los sistemas deben comunicarse entre sí. La interoperabilidad de datos clínicos evita pérdidas de información, repeticiones o diagnósticos tardíos. A su vez, la analítica avanzada permite anticipar crisis, optimizar recursos y responder mejor a las necesidades reales de cada población.

Ahora bien, la equidad no se limita al acceso físico. También se construye desde el lenguaje, la autonomía y la información clara. Saturnina no debería obedecer en silencio: merece comprender su situación y participar activamente en su cuidado. En ese sentido, el respeto también es un acto médico.

En última instancia, uno de los vacíos más injustos sigue siendo el acceso a medicamentos. Impulsar el uso de genéricos y biosimilares, facilitar ensayos clínicos descentralizados y diseñar políticas de precios más justas y colaborativas es urgente. Porque el costo de los tratamientos no debería decidir el destino de una vida.

Nota editorial:
Este artículo se inspira en el informe “Innovación en salud en América Latina y el Caribe”, publicado por BID Lab y HolonIQ en 2024 bajo la licencia Creative Commons IGO 3.0.
Disponible en: https://creativecommons.org/licenses/by/3.0/igo/legalcode

 

Primero transformar, luego innovar: una hoja de ruta para una salud más humana