Diseñar aprendizajes que movilizan sistemas

"La neutralidad reproduce desigualdad."

                                                                                                                               Catalina Valenzuela

Con más de 15 años diseñando y facilitando procesos de aprendizaje en América Latina, Catalina Valenzuela ha acompañado a bancos de desarrollo, ONG y agencias internacionales a traducir la sostenibilidad en capacidades reales. Desde Innovus Consulting ha trabajado con CAF, WWF Colombia, GEF Orinoquía, Conservation International, Forus International y EIT Climate-KIC, integrando enfoques de género, clima y justicia social en programas que llegan a más de 50 startups y decenas de organizaciones de la sociedad civil. Su propuesta es clara: la formación deja de ser evento cuando se convierte en arquitectura de poder, decisiones y hábitos. En esta edición #19 de sostenibilidad de Factor de Éxito, Catalina comparte cómo el diseño instruccional, la medición y la facilitación participativa pueden movilizar a equipos de gobiernos, donantes y empresas para reducir brechas, escalar impacto y demostrar, con evidencia, que la inclusión bien diseñada también es una estrategia de negocio.

Desde su rol como Capacity Building Strategist y fundadora de Innovus, ¿cómo redefine hoy el concepto de “desarrollo de capacidades” en un mundo que habla de sostenibilidad, pero donde muchas organizaciones siguen trabajando con lógicas de formación tradicional y poco transformadora? ¿Qué elementos no pueden faltar en un proceso de aprendizaje verdaderamente sostenible en el tiempo?

Hoy, cuando hablamos de sostenibilidad, el “desarrollo de capacidades” ya no puede reducirse a cursos, talleres o transferencia de contenidos. Para mí, desarrollar capacidades significa habilitar a las personas, equipos y organizaciones para hacer de manera consistente y con autonomía— lo que se necesita para cumplir los objetivos críticos del proyecto o del negocio. Es un viaje: requiere planificación, hitos claros, experiencias significativas, pausas para reflexionar y mecanismos para saber si lo aprendido se está aplicando en otros contextos y contribuye a cerrar brechas o avanzar en los resultados.

En Innovus trabajamos este viaje con tres elementos esenciales:

1. Claridad del destino: Todo inicia con el objetivo del proyecto. A partir de ahí definimos cuáles capacidades se requieren para llegar a ese destino. Usamos nuestro marco de hacer, saber, decir y pensar, que permite identificar comportamientos, conocimientos, narrativas y criterios de decisión que deben transformarse.

2. Diseño de una experiencia que realmente transforme: Construimos experiencias de aprendizaje que permiten a las personas avanzar en esas capacidades, siempre ancladas en cómo aprenden las personas adultas: partiendo de su contexto, reconociendo su experiencia previa y dándoles herramientas prácticas que puedan usar inmediatamente. No diseñamos cursos; diseñamos prácticas, decisiones y hábitos.

3. Medición que importa: La sostenibilidad del aprendizaje se valida a través de evidencia. Medimos enganche, comprensión y aplicabilidad, y siempre preguntamos si las personas se sintieron incluidas. Desagregamos datos por género porque una experiencia sostenible también debe ser equitativa.

En síntesis, un proceso de aprendizaje verdaderamente sostenible es aquel que transforma lo que las personas hacen, dicen y piensan, no solo lo que “saben”, y que permite a las organizaciones seguir avanzando cuando el programa termina. Es ahí donde Innovus pone su sello.

Usted habla de “movilizar personas, no solo entrenarlas”. En la práctica, ¿qué diferencia a un programa de formación convencional de un proceso de aprendizaje diseñado desde el human-centered design y la equidad? ¿Podría compartir un caso en América Latina donde esa diferencia haya sido determinante para el impacto del proyecto?

Cuando hablamos de “movilizar personas, no solo entrenarlas”, nos referimos a que un proceso de aprendizaje desde human-centered design y la equidad parte de una premisa: las personas no son usuarias del contenido, son protagonistas del cambio.

En la práctica, esto significa tres cosas:

1. Partimos de lo que necesitan, desean y les importa, no de un temario predefinido.
2. Entendemos que aprender no es completar actividades, sino transformar comportamientos, decisiones y relaciones.
3. El diseño contenidos, dinámicas, ritmo, acompañamiento se ajusta a las realidades, emociones y barreras de los grupos, especialmente de quienes históricamente han sido excluidos.

En Innovus comenzamos siempre por conocer a las personas y mapear qué habilita o bloquea su participación. Esto se traduce en decisiones técnicas: segmentación de audiencias, rutas de aprendizaje diferenciadas, dinámicas inclusivas y estrategias para aumentar la participación de grupos invisibilizados. No diseñamos “para” ellos; diseñamos con ellos.

Un ejemplo determinante en América Latina fue nuestro trabajo en el proyecto GEF Orinoquía. Allí diseñamos e implementamos la estrategia de fortalecimiento de capacidades del proyecto bajo un enfoque centrado en las personas y en la equidad.

● Caracterizamos a todos los grupos involucrados y entendimos su rol en cada componente.
● Implementamos tácticas explícitas de inclusión para mujeres, niñez y población adulta mayor. El resultado: superamos la meta de 40% de participación femenina, llegando a casi 50%.
● Diseñamos niveles de aprendizaje y planes de estudio que conectaban objetivos del proyecto con capacidades reales en territorio, permitiendo que los equipos aplicaran nuevas herramientas de gobernanza, género y restauración en sus decisiones diarias.

El impacto fue claro: el proyecto no solo cumplió sus metas técnicas, sino que además logró mecanismos sostenibles de participación, liderazgo y toma de decisiones que continúan después del cierre. Esa es la diferencia entre entrenar y movilizar: un curso termina; la movilización transforma el sistema.

En el contexto de la edición #19 de sostenibilidad, ¿cómo se conecta el diseño instruccional (ADDIE, Design Thinking, modelos como HEART de Google) con los retos de género, clima y justicia social? ¿Qué decisiones técnicas en la arquitectura de un programa (contenidos, dinámicas, evaluación, acompañamiento) pueden marcar la diferencia entre reproducir desigualdades o realmente reducir brechas?

En Innovus, conectamos el diseño instruccional con los retos de género, clima y justicia social a través de nuestro Ciclo de Aprendizaje Coherente, que integra marcos como ADDIE, Design Thinking y nuestro modelo combinado HEART + Kirkpatrick. Para nosotros, estos retos no son anexos: son criterios de diseño desde el primer borrador hasta la evaluación final.

Aplicamos de forma sistemática los marcos de inclusión y perspectiva de género de UNITAR y UDL, lo que nos permite hacer visibles a mujeres y poblaciones diversas a lo largo de todo el proceso de aprendizaje. En cada proyecto nos hacemos preguntas técnicas muy concretas:

● ¿Cómo garantizamos la participación de más mujeres y personas LGBTQ+?
● ¿Qué ajustes de contenidos, dinámicas o logística reducen barreras de acceso?
● ¿Qué voces están ausentes y cómo las incorporamos?

Usamos listas de chequeo de inclusión en cada fase análisis, diseño, desarrollo, facilitación y evaluación para asegurar que no reproducimos desigualdades. No es un requisito del cliente: es nuestro estándar operativo.

En clima, esta lógica se traduce en decisiones instruccionales que fortalecen capacidades para actuar. Lo hemos aplicado, por ejemplo, en el programa de liderazgo climático juvenil en Panamá (MiAmbiente–CAF) y en nuestro trabajo para EIT Climate-KIC, donde apoyamos a tres aceleradoras latinoamericanas con programas en acción climática a integrar enfoques de género en la formación, las cadenas de valor y el diseño de productos, llegando a más de 50 startups.

Las decisiones técnicas que marcan la diferencia incluyen:

● Contenidos que integran análisis de poder y efectos diferenciados (quién gana, quién pierde).
● Dinámicas que distribuyen la palabra, reducen sesgos y generan agencia.
● Evaluación que mide adopción de prácticas inclusivas y climáticamente responsables, no solo satisfacción.
● Acompañamiento que transforma comportamientos y estructuras, no solo conocimiento.

Es ahí donde el diseño instruccional deja de ser neutral y se convierte en una palanca real para reducir brechas y habilitar cambios sistémicos.

Ha trabajado con organizaciones como CAF, WWF Colombia, GEF Orinoquía, Conservation International y otros actores clave. Cuando mira esos proyectos en conjunto, ¿qué ha aprendido sobre lo que realmente funciona y lo que no al incorporar enfoques de género e interseccionalidad en iniciativas de acción climática y sostenibilidad?

Estas son mis tres lecciones clave:

1. La inclusión no ocurre por invitación: ocurre por diseño. Lo que funciona es planificar la participación, no esperar que aparezca. Cuando diseñamos rutas específicas para mujeres, jóvenes, liderazgos comunitarios y grupos históricamente excluidos —como hicimos en GEF Orinoquía y en las aceleradoras de EIT Climate-KIC— la participación y la agencia aumentan de manera estructural. Lo que no funciona: confiar en “invitaciones abiertas” o talleres neutros. La neutralidad reproduce desigualdad.

2. El enfoque de género debe aterrizarse en decisiones técnicas, no solo en discurso. Funciona cuando el enfoque se incorpora en protocolos, criterios de priorización, indicadores y herramientas operativas: quién decide, con qué información, bajo qué incentivos. En GEF Orinoquía y en Conservación International Colombia, los mayores avances ocurrieron cuando los equipos integraron criterios de género en la planificación territorial, las cadenas de valor y el diseño de soluciones climáticas. Lo que no funciona: diagnósticos largos sin traducción a prácticas. Sin ajustes en cómo se toman decisiones, el enfoque se diluye.

3. Las capacidades se transforman cuando se conecta lo técnico con lo cotidiano. Los equipos cambian cuando entienden cómo el género y la interseccionalidad afectan su trabajo diario: desde la recolección de datos hasta la gobernanza local. En Panamá (CAF–MiAmbiente) y en GEF Orinoquía, lo que tuvo mayor impacto fueron los ejercicios que vinculan riesgos climáticos, poder comunitario y roles de género con tareas concretas de sus proyectos. Lo que no funciona: formaciones abstractas o basadas en conceptos sin ejemplos de territorio. La interseccionalidad solo sirve si es operativa.

Muchos programas de sostenibilidad hablan de medición de impacto, pero se quedan en indicadores de actividad y reporte. Desde su experiencia con modelos como Kirkpatrick y HEART, ¿qué debemos empezar a medir (y dejar de medir) para saber si un proceso de formación realmente cambia comportamientos, decisiones y estructuras dentro de una organización?

En Innovus, hemos aprendido que la mayoría de los programas de sostenibilidad siguen midiendo actividades asistencia, número de horas, satisfacción inmediata— cuando nada de eso predice un cambio real. Con nuestro modelo integrado Kirkpatrick + HEART, proponemos medir lo que importa:

Qué empezar a medir:

● Adopción de comportamientos críticos: por ejemplo, en GEF Orinoquía medimos si los equipos aplicaban las herramientas de gobernanza y género en la planificación territorial después del taller.
● Calidad de las decisiones: si los equipos usan nuevos criterios (ambientales, de género, datos) para priorizar acciones o asignar recursos.
● Cambios estructurales: ajustes en procesos, protocolos o roles que habilitan lo aprendido; en Forus, donde formamos a líderes y lideresas de más de 40 organizaciones de la sociedad civil alrededor del mundo, por ejemplo, rastreamos si las organizaciones incorporan rutinas digitales y mecanismos de seguimiento.
● Experiencia sostenida del usuario: siguiendo HEART, medimos uso real de herramientas a los 30–60 días, no solo después del curso.

Qué dejar de medir:

● Asistencia, horas de capacitación, número de módulos.
● Encuestas de satisfacción del día del taller.
● “Capacidades fortalecidas” sin evidencia de aplicación.

En síntesis: si queremos saber si la formación transforma, debemos medir lo que la gente hace, decide y cambia en su sistema, no lo que simplemente “completa”. Nuestro modelo fusionado HEART + Kirkpatrick está diseñado para capturar exactamente eso. Y también contamos la asistencia, la satisfacción y el conocimiento.

La sostenibilidad también es una cuestión de poder: quién decide, quién participa, quién se beneficia. ¿Cómo diseña usted procesos participativos que de verdad incluyan voces diversas especialmente de mujeres, comunidades locales y jóvenes sin caer en la “participación simbólica” tan común en el sector social y climático?

Para mí, diseñar participación real empieza por reconocer que la sostenibilidad es una conversación sobre poder: quién decide, quién habla, quién queda fuera y quién asume los costos del cambio. Por eso, en Innovus nunca tratamos la participación como un taller o una consulta; la tratamos como arquitectura de poder.

En Innovus trabajamos con tres principios prácticos:

1. La inclusión se diseña: Antes de cualquier sesión, hacemos una segmentación de audiencias: quiénes son, qué saben, qué temen, qué barreras enfrentan y qué rol juegan en el sistema. Con eso definimos tácticas diferenciadas para mujeres, jóvenes y comunidades locales: horarios accesibles, formatos variados, dinámicas que distribuyen la palabra, y herramientas que reducen la desigualdad de voz (story circles, journaling silencioso, canvas colectivos). La neutralidad produce exclusión; el diseño intencional produce agencia.

2. Cada persona debe tener poder de influencia: En nuestros procesos, las voces diversas son criterios de decisión. En proyectos como GEF Orinoquía, las intervenciones de mujeres, jóvenes e instituciones locales se integraron directamente en la priorización territorial, la ruta de restauración y los mecanismos de gobernanza. Si la participación no cambia decisiones y procesos, es meramente simbólica.

3. La participación es un proceso: Acompañamos a los equipos para que las voces diversas se mantengan en el ciclo completo: diagnóstico, diseño, validación, implementación y seguimiento. Usamos nuestro Ciclo de Aprendizaje Coherente para evaluar si esas voces siguen influyendo, y desagregamos datos por género y grupo social para verificar impacto real, no percepciones.

En síntesis: no buscamos “que más personas asistan”, sino redistribuir el poder de decidir y crear. Ese es el estándar con el que Innovus entiende la participación en iniciativas de desarrollo, de transformación digital y climáticas.

Imaginando a Miami como un nodo que conecta América Latina, el Caribe y Estados Unidos, ¿qué tipo de alianzas y formatos de aprendizaje ve como más potentes para articular a ONG, gobiernos, donantes y empresas alrededor de una agenda de sostenibilidad centrada en equidad, innovación y resultados medibles?

Viendo a Miami como un nodo que conecta América Latina, el Caribe y Estados Unidos, las alianzas más potentes son aquellas que combinan capacidad técnica, capital, proximidad cultural y mecanismos claros de medición. Tres formatos de colaboración destacan:

1. Alianzas tripartitas con propósito (donantes–ONG–sector privado): Funcionan cuando cada actor aporta algo distinto: financiamiento flexible del donante, ejecución territorial de las ONG y escalabilidad del sector privado. Miami es ideal para esto porque reúne redes filantrópicas, empresas tecnológicas y organizaciones latinas con alta capacidad de acción. Los modelos compartidos de resultados, usando marcos de medición innovadores, pueden ser interesantes para todas las partes interesadas.

2. Comunidades de práctica regionales con cohortes mixtas: Miami como “hub neutro” facilita confianza y reduce asimetrías de poder entre países. Cohortes que integran líderes comunitarios, equipos de gobierno y empresas permiten crear innovación pública y social aplicada, no solo intercambio de buenas prácticas. Nosotros hemos experimentado con este tipo de espacio con gran éxito en términos de resultados y de cambios en cómo se deben resolver los problemas.

3. Laboratorios de innovación para la sostenibilidad con enfoque en equidad: Espacios que combinan diseño centrado en las personas, datos y experimentación rápida. Permiten que gobiernos, ONG y empresas co-creen soluciones climáticas o sociales que luego escalan en territorio. Debe haber, por supuesto, una gobernanza compartida para evitar que un actor domine la agenda y que se pierda la perspectiva de género o justicia social.

Miami puede ser la plataforma donde se encuentran la innovación del Norte y la experiencia territorial del Sur, siempre que las alianzas se diseñen con equidad, métricas claras y ciclos de aprendizaje que produzcan resultados verificables.

Usted afirma que “hay una silla para todos en la mesa”. En un contexto global de polarización, fatiga ante el tema climático y desigualdades crecientes, ¿qué mensaje le da a los líderes y equipos que sienten que “todo está demasiado complejo” como para pensar en sostenibilidad? ¿Qué sería, en su experiencia, un primer paso realista pero ambicioso para empezar a rediseñar sus estrategias de aprendizaje e impacto?

Cuando digo que “hay una silla para todos en la mesa”, lo afirmo incluso y especialmente en este momento de polarización, fatiga climática y complejidad creciente. A los equipos que sienten que “todo es demasiado”, les recuerdo algo fundamental: la sostenibilidad no se resuelve de una vez; se resuelve un desafío a la vez, con método, evidencia e inclusión.

El mensaje es simple: no necesitan tener todas las respuestas para empezar, pero sí deben comprometerse con una forma distinta de trabajar.

Un primer paso realista pero ambicioso es usar un Design Sprint: un proceso corto, riguroso y profundamente colaborativo que permite a un equipo entender un desafío, escuchar a actores diversos, prototipar soluciones y probarlas en cinco días. Es la antítesis del “todo es demasiado complejo”: toma un problema climático, de equidad o de impacto, lo reduce a un desafío concreto y lo resuelve con método.

En Innovus hemos visto cómo esta metodología —combinada con principios de inclusión, participación y diseño centrado en las personas— permite que líderes y equipos:

● avancen sin parálisis,
● tomen mejores decisiones con datos y voces diversas,
● y conviertan complejidad en aprendizaje accionable.

Mi invitación a quienes sienten que la sostenibilidad es inabarcable es esta: elijan un desafío, siéntense con las personas correctas y resuélvanlo con método y escucha real. Ese primer movimiento cambia la cultura, construye confianza y abre la puerta para transformar el resto.

Factores clave 

  • La sostenibilidad del aprendizaje se valida midiendo comportamientos, decisiones y cambios estructurales, no solo horas de capacitación.
  • La inclusión efectiva se logra por diseño: rutas diferenciadas, protocolos e indicadores con enfoque de género e interseccionalidad.
  • Modelos como HEART + Kirkpatrick permiten seguir el uso real de herramientas a 30–60 días y vincularlo con resultados de negocio e impacto social.
  • Miami emerge como hub estratégico para alianzas tripartitas y laboratorios de innovación que conectan capital, territorio y medición rigurosa.

Catalina Valenzuela aporta algo cada vez más urgente en la conversación sobre sostenibilidad: método, evidencia y equidad al servicio del aprendizaje. Su trabajo muestra que los programas más transformadores no son los más largos, sino los que rediseñan quién participa, cómo se decide y qué se mide después del taller. Al integrar marcos como Design Thinking, HEART y Kirkpatrick con enfoques de género e interseccionalidad, ayuda a que organizaciones climáticas, sociales y empresariales conviertan la complejidad en acción concreta y medible. Mirando hacia adelante, su visión confirma que el futuro de la sostenibilidad se juega en las capacidades que construyamos hoy y en qué tan dispuestos estemos a redistribuir el poder en cada mesa de decisión.

 

 

 

 


 
 

  

 

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